Cuando Elliot Castro Tirado pululaba por los salones del Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas estudiando ingeniería, hoy Recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico,  y soportaba los aguaceros de casi todas las tardes de la Sultana del Oeste, probablemente nunca pensó que durante el futuro de su vida habría de presenciar miles de eventos deportivos en y fuera de Puerto Rico  como periodista. Ese fue su verdadero oficio, profesión, vocación.  Lo hizo a través de la prensa escrita, la radio y la televisión,  y a través de todos esos medios llevó a cabo esa labor sin limitarse a algún deporte en particular, ya que su alcance era bien amplio, y para cubrir cada disciplina deportiva, era fiel al cumplimiento de un deber sagrado para todo reportero.  Leía, estudiaba, se educaba, se preparaba. Esa preparación no solamente lo hacía de los mejores cronistas deportivos, pero le daba una seguridad admirable en su trabajo que  le permitía reaccionar y mantener a los aficionados al tanto de los eventos deportivos ante cualquier situación inesperada que pudiese ocurrir.  Además, esa preparación,  junto a los conocimientos que iba adquiriendo como parte de su trabajo y como parte de su educación más allá del deporte,  le permitía impedir  con mucho respeto a quienes entrevistaba que evadieran sus preguntas, y además le permitía hacer las preguntas difíciles, las comprometedores, las que algunos reporteros no se atreven hacer por falta de preparación o por miedo.  Y Elliott, no tenía miedo, y como llamaba  su columna por décadas en el Semanario Claridad, las cantaba como las veía.

Elliot tenía además  sus propias opiniones y no tenía reparos en hacerlas saber incluso como parte de su trabajo como periodista, cosa que bajo el manto hipócrita de la objetividad, otros reporteros no se atreven a hacer, o por miedo a sus patronos, quienes siempre tienen una agenda editorial, ya que no hay tal cosa como una prensa objetiva al cubrir eventos, por acción al preguntar y reportar, o por omisión al no preguntar o no reportar.  Su participación en la Descarga Deportiva y después en otra emisora la Descarga Original, junto a sus compañeros Norman H.  Dávila, Carlos Uriarte, Fransico “Paquito” Rodríguez y Joaquín Porrata revelaba esa personalidad, y los debates entre ellos en asuntos tan delicados como el de quién  era un atleta puertorriqueño, el nacido en Puerto Rico o el nacido fuera de Puerto Rico de padres o abuelos puertorriqueños, eran extraordinarios, sin alzar la voz y sin faltas de respeto a diferencia de lo que ocurre en otros programas de radio del cuadrante AM. No obstante sus opiniones, no perdía la perspectiva cuando no tenía razón en lo que algún punto respecta contando con la honestidad intelectual de reconocer alguna posición contraria, cualidad que formaba parte del lente desde el cual veía las cosas para cantarlas como las veía. Además, nunca olvidaremos su expresión llena de emoción cuando algún atleta alcanzaba un logro fuera de lo común: ¡Queeeeeeeé bueeeeeeno eeeessssss!

Fue un Boricua hasta el tuétano de los huesos defendiendo nuestras participaciones deportivas internacionales y cubriéndolas cantándolas como las veía y de forma digna, incluso cuando nuestros equipos no tenían éxito, sin temor a expresar su perspectiva crítica ante el desempeño de nuestros atletas, dirigentes o entrenadores.  Fue además un defensor de nuestra soberanía, de nuestra independencia y como parte de esa defensa promovió nuestro desarrollo como pueblo en nuestra cultura deportiva,  al hacer formar parte de su trabajo periodístico la atención a los atletas jóvenes, a los novatos, a los que estaban empezando. Lo hacía  no solo cubriendo los eventos y competencias en las que ellos estaban participando, pero en la interacción periodística con ellos además transmitía la motivación para que se superaran como atletas y como personas.  Y en esa labor  hacía formar parte de la noticia y del desarrollo deportivo puertorriqueño  un rostro y un trabajo  históricamente discriminado,  empujado hacia la  invisibilidad, el rostro y el trabajo de las atletas femeninas, de la mujer en el deporte dentro y fuera de las canchas y los parques.

No tuve el honor de conocerlo personalmente y de compartir con él no obstante la familiaridad adquirida con él al sintonizar casi todos los días la Descarga Original, al leer todas las semanas su columna en Claridad y al escuchar y ver a veces las transmisiones de eventos deportivos en los que él  participaba.  Mis encuentros con él fueron casuales en la calle saludándolo alguna que otra vez para felicitarlo por su labor periodística e instarle a seguir adelante, como lo he hecho con otras figuras de nuestro quehacer deportivo y cultural.  Unas pocas semanas antes del derrame que eventualmente provocó su partida me lo encontré en una panadería que queda cerca de mi casa.  Tenía una camisa puesta de los Yanquis de Nueva York que en la espalda contaba con el apellido del manatieño  Carlos Beltrán y el número escogido por él para jugar para ese equipo, el 36.  Elliott era un aguerrido y orgulloso fanático de los Yanquis y yo de los archienemigos, los Medias Rojas del Boston, y como bostoniano tengo la costumbre de que cada vez que me encuentro en la calle con alguna persona que tiene puesta una camisa o una gorra de los Yanquis, con todo el respeto posible le pregunto que si no la cambiaría por una de Boston. Por supuesto me contestan que jamás en la vida.  En ese momento de encuentro en la panadería no pude resistir la tentación y después de saludarle   le pregunté si no cambiaría la camisa por una del equipo de Boston.  Me demolió con la contestación que fue cantada como la vio, además de ser una expresión por su parte  de bien adentro de puertorriqueñidad: “Esta camisa no es de los Yanquis.  Es de Carlos Beltrán.” Ante esas palabras no había qué añadir siendo desde entonces una última memoria de él inolvidable.

El escritor cubano Alejo Carpentier, en el capítulo final  de su novela El reino de este mundo escribió lo siguiente:

“El hombre [y por supuesto la mujer] nunca sabe para quien padece y espera.  Padece y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la función que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre [y por supuesto la mujer]  está precisamente en querer mejorar lo que es.  En imponerse tareas.  En el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite.  Por ello, agobiado de penas y tareas,  hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de plagas, el hombre [y la mujer] sólo puede hallar su grandeza en su máxima medida en el reino de este mundo.”

Elliott, con su trabajo, su carácter y su determinación como periodista, persona y puertorriqueño se impuso tareas y cumplió con las mismas.  Halló su grandeza en su máxima medida en el reino de este mundo.  Por otro lado, el filósofo alemán Carlos Marx, cuando tenía  apenas 18 años de edad, escribió como respuesta a un examen un ensayo sobre las consideraciones que debía tener un joven al escoger una profesión u oficio.  Hacía un llamado al lector, y evidentemente a los jóvenes,  a escoger un oficio, una vocación,  dirigida a promover el bienestar de la sociedad y nuestra propia perfección,  sin pensar que esos dos intereses puedan entrar en conflicto porque la naturaleza humana está constituida de tal modo, que sólo podemos atender a nuestra propia perfección trabajando por la perfección y el bien de los demás.  Añade Marx que la historia llama grandes hombres y mujeres a aquellos que se ennoblecen a sí mismos trabajando por el bien común, por hacer felices al mayor número de personas posible.   Al final de su ensayo señaló y citamos:

Si hemos elegido la posición en la vida en la que ante todo podemos ayudar a la humanidad, ninguna carga podrá aplastarnos, porque los sacrificios serán en beneficio de todos; no experimentaremos una felicidad egoísta, limitada y estrecha, sino que nuestra felicidad pertenecerá a millones de personas, nuestros actos permanecerán sosegada y perpetuamente vivos, y sobre nuestras cenizas caerán las cálidas lágrimas de las personas nobles.

Las muestras de cariño a Elliott después de su partida por tanta gente durante esa semana ante las actividades llevadas a cabo en su  honor y todo lo que se escribió y publicó sobre él,  revelan que  escogió la vocación perfecta en su caso  para hacer feliz al mayor número de personas posibles y para promover la perfección en los demás.  Con su labor dejó muchas huellas y tras esas huellas su felicidad  fue compartida y pertenece a todo a quien  tocó en persona, por la radio, por la televisión o en sus escritos, permaneciendo  ese legado  perpetuamente vivo y sin lugar a dudas, ante el dolor de esa partida y de esa semana, cálidas lágrimas de mucha gente noble cayeron sobre él.

!Qué bueno era, es y será!

 

 

 

 

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