Por: Zaira Arvelo

Sin duda alguna, María nos ha puesto en una rutina distinta y bien ajetreada. Es tanto lo que tenemos que hacer para intentar que un día se sienta tan solo un ‘chin’ normal. Este fue nuestro pan de cada día por los 38 días que estuvimos sin ese oro líquido que llamamos agua. Sí, somos afortunados. Y esto no incluye la travesía de la luz y el tener que guiar después del embate. Esa es otra historia.

Temprano en la mañana, busca baldes de agua para descargar el baño, agua embotellada para lavarme la boca, saca la olla e hierve agua para el café. Así hemos ganado la lucha contra las enfermedades gastrointestinales provenientes de agua contaminada.

Después de desayunar, lleva los platos y ollas a la cisterna detrás de la casa para lavarlos, llena de agua la ducha solar usando galones de la cisterna para así tener una ducha calientita en la tarde. De ahí a contemplar el tiempo, ¿será un día soleado para lavar ropa? Parece que sí. Saca tres baldes y palanganas, uno para remojar, otro para lavar, y el tercero para enjuagar. Busca la barra de Limpiol. Remoja, restriega, golpea, tuerce, cuelga, repite. Si tengo suerte hoy no hace falta lavar sábanas, toallas o mahones.

Si da tiempo, a meterle al trabajo más sucio de todos: desinfectar unos artículos rescatados de nuestra casa inundada. Cepillos y esponjas, “check!”. Busca más agua, la botella de Clorox (el otro oro de nuestros tiempos), ponte los guantes para evitar contacto con bacteria, agarra el primer artículo. Cepilla, limpia, voltea, enjuaga, ponlo a secar debajo del sol. Próximo.

De empezar a nublarse o ser después del mediodía, verifica los baldes de lluvia. Cerciórate de que cada tubo del techo tiene uno. A falta de agua potable, la lluvia es nuestro mejor recurso porque hasta ir a los ríos es riesgoso (golpe de agua, represa de Guajacata, bacteria). Si va a llover, corre y sube cualquier objeto vulnerable que se está secando, recoge la ropa del cordel. Ponte el traje de baño de dos pesos  y date una enjuagá de vez.

Estos cincuenta y tanto días han sido y aún son cuesta arriba. Las cosas más sencillas que fluían de manera automática, ahora requieren toda nuestra atención. Pero también nos enseñan que podemos sobrevivir con mucho menos. No me malentiendan, no estoy entrando en la retórica de “todo pasa por una razón.” Les cuento que cuando logré usar un “toile” con agua en un banco y lavarme las manos con agua que salía de la pluma, me sentí en la gloria. ¿Y qué tal cuando me di la primera ducha? No de cisterna, no de la duchita solar, no eñangotá con un balde, no de un galón. Cuando sentí  el agua cayendo de arriba, con presión, rompiendo esa barrera natural que causa el cabello y corriendo por mi cabeza. Mujer que me escucha, tú me entiendes. A uno se le olvida hasta que está fría.

Deja que fluya el ritmo del agua, de la luz, de las carreteras, de estar de vuelta al trabajo. Este es nuestro nuevo Puerto Rico.

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