El que a buen árbol se arrima...

El que a buen árbol se arrima...
"Vale notar que la caída de los imperios siempre estuvo precedida por un similar deterioro de sus instituciones sustantivas".

La fe en las instituciones en EE.UU. ha descendido dramáticamente entre sus habitantes. Irónicamente, la fe de Puerto Rico hacia esas mismas instituciones, permanece aparentemente invariable.

Desde que Puerto Rico comenzó a arrimarse a la sombra de los EE. UU., cosa que lo apartó de su histórica relación con Cuba, pareció claro que los beneficios iban a ser fundamentales. A fin de cuentas, pensó que le había ido mejor que a Cuba. Y se habló desde el comienzo de que una posible incorporación a EE.UU., a pesar de los muy reales argumentos que se presentaron en contra, sería garantía de que dichas ventajas permanecieran. 

Se dijo que tener acceso a los enormes mercados laborales o de productos y servicios del norte, o a las ayudas del gobierno central hacia los estados y territorios, eran beneficios enormes. Vale decir que estas razones no fueron siempre bien vistas por los conciudadanos del continente, que refiriéndose a Puerto Rico lo describían como demasiado “diferente” para dicha incorporación. Contrario a Hawái y su relativamente escasa población nativa, Puerto Rico estaba lleno de puertorriqueños. Entonces, se trataría con respeto al nuevo pupilo, pero no era cosa de meterlo en la familia. En Puerto Rico se conocía dicho argumento, pero los adherentes a la incorporación lo descontaban como algo que se iría solventando a medida que nos conocieran mejor.

No siempre mencionada, pero siempre sobrentendida, había además una confianza inmutable en las instituciones que sustentaban el progreso económico y político de esa nación que siempre se presentó a sí misma como una en proceso de crearse, un proyecto no terminado.

Las instituciones legislativas, judiciales y administrativas de su gobierno, la solidez de sus instituciones financieras y comerciales, la confianza en la probidad de la moneda, y la fe en sus instituciones científicas y académicas como creadoras de conocimiento y, en particular, la relativa limpieza de sus procesos electorales, hacían palidecer las paralelas en nuestros países hermanos en Latinoamérica, notorias por su inestabilidad, opacidad, impredecibilidad, y bajo nivel de confianza por quienes se veían obligados a vivir bajo ellas.

Así, a pesar de todas sus muy conocidas imperfecciones, el Estados Unidos que comenzó a vivir el siglo XX era claramente superior en todos estos sentidos al que dio la bienvenida al siglo XIX poco después de su independencia a finales del dieciocho, a pesar del trauma de la guerra civil de secesión en torno a la esclavitud de 1861-65. Y ni se diga del país que más tarde se prepararía a dar la bienvenida al siglo XXI, después del tumultuoso progreso con los derechos civiles y a pesar de otros errores como la intervención en Vietnam. El mito continuó inalterado: el país seguía siendo imperfecto pero cada vez se hacía mejor.

Lo que empieza a cuestionarse en este momento es si el EE.UU. que dará la bienvenida al siglo XXII seguirá ese mismo proceso. En los veintitantos años de lo que va de este siglo se ha visto un claro deterioro en las instituciones políticas y electorales, las de los sectores ejecutivo, judicial, y particularmente el legislativo. Desde hace tiempo se hablaba de la eventual caída del imperio norteamericano, destino de todos los imperios de la historia, pero nunca habían sido tan aparentes las señas como hasta ahora. Además, en medio de todo el barullo ha quedado claro que en las instituciones de gobierno norteamericanas no hay ni tiempo ni espacio para Puerto Rico.

Vale notar que la caída de los imperios siempre estuvo precedida por un similar deterioro de sus instituciones sustantivas. Así internamente corroídos, los imperios se vuelven incapaces de resistir el embate de fuerzas externas que antes hubieran podido rechazar con facilidad. Ante una situación así el imperio o se renueva tras una crisis transformadora, o sencillamente colapsa. Alarico el Godo saqueó e incendió a Roma en el siglo V, cosa que hubiera sido impensable años antes. Pero Roma sobrevivió la crisis transformándose en otra cosa. Renació en el imperio romano oriental y lo que luego fue Bizancio, y duro mil años más. Muchos otros imperios sufrieron similar crisis, sin embargo, pero quedaron al final disminuidos, y sólo lamiéndose las heridas, lamentándose y cantando glorias pasadas. No podemos decir que EE.UU. esté en este momento en este punto coyuntural, pero las señales deberían ser preocupantes y quizás no están recibiendo la atención que merecen. El ruido de la contienda electoral y la parálisis legislativa además de la segmentación de la sociedad en grupos claramente distinguibles, pero no reconocibles en términos tradicionales de izquierda, derecha o centro, nublan la visión de lo que está pasando por debajo de todo el ruido.

Pero por el momento eso es problema de ellos, y la pregunta para nosotros debería ser cuáles implicaciones pudiera tener esto para Puerto Rico en su búsqueda de una sombra que lo cobije. Así en medio del despelote que parece avecinarse en los EE.UU., aún está por verse cuál dirección tomará, y particularmente si Puerto Rico aún desearía cobijarse bajo esa sombra e insistir en ser parte de la tormenta.

Se habla muchísimo del expresidente Trump y su influencia desde que apareció en la escena pública. Se disputan unos si él es la causa del declive u otros si es su salvación para “Make America Great Again”. Pero hay acuerdo de que sí ha habido declive. Algunos dijeron que Trump era “ave de paso” y que el país se repondría de su coqueteo con este personaje como quien despierta después de una mala noche. Otros intentaron asegurarse de que permaneciera, creando y fortaleciendo organizaciones ultra-patrióticas que culminaron con el asalto al Congreso el 6 de enero para detener el proceso de confirmación eleccionario que le negaría el triunfo presidencial.

Pero hay cada vez más quien opina que Trump es sólo síntoma de un mal más profundo que venía percolándose desde hace tiempo. Que las raíces de dicho deterioro pudiesen percibirse desde tiempo atrás pero que por estar tapadas por una complicidad implícita de silencio se resistían a ser vistas.

El éxito histórico sin precedentes de esa nación estuvo siempre atado a sus instituciones de todo tipo, que tendían a descansar sobre bases inusualmente amplias de confianza ciudadana. El proceso de su gestación en forma relativamente orgánica y no planificada desde las bases --contrario a otros procesos nacionales más bien planificados desde arriba-- ha sido bien estudiado. Se asocia con lo que el observador francés Alexis de Tocqueville llamó en su obra Democracia en América en 1836 el “arte de asociarse”, tan generalizado en aquella sociedad que llegaba de todas partes sin pasado colectivo y dispuesta hacer borrón y cuenta nueva.

Pero si éstas fueron causas de fortalecimiento de la institucionalidad de los EE.UU., hubo otras, también contemporáneas a ese siglo, que llevan eventual pero directamente a su debilitamiento actual. Estas son el tráfico de esclavos, la esclavitud, la abolición, el período llamado de reconstrucción siguiendo la derrota del sur en la guerra civil y los siglos de tensiones raciales que aún continúan. Es material para otros ensayos, pero es difícil explicar por qué tal intensidad, EE.UU. siendo un ámbito esclavista relativamente menor comparado en términos relativos y hasta absolutos con los ámbitos de Brasil, Cuba, Jamaica y especialmente Haití.[1]

Aunque el prejuicio y la violencia racial no es rara en estas otras sociedades, es difícil aproximarse al nivel de resentimiento y hasta odio de los EE.UU. En mis casi 50 años de experiencia en todos los países de Latinoamérica, nunca escuché mención de casos de linchamientos racialmente motivados, en dramático contraste con los EE.UU. donde hubo miles documentados y Dios dirá cuántos quedaron bajo el radar.

Para Puerto Rico es importante ganar conciencia de que mucha de la segmentación actual de EE.UU. tiene sus bases en el resentimiento racial ante lo que ciertos sectores ven como la desblanquización mayoritaria del país. A nosotros nos toca muy de cerca esto, pues, aunque a veces nos sorprenda, en EE.UU. somos considerados no-blancos y parte de la “invasión” color café.

El tema no es para ignorarse y exige preguntarse si Puerto Rico quiere o no meterse en ese berenjenal en un momento cuando en EE.UU. no se sabe qué pasará. Le fe en las instituciones en EE.UU. ha descendido dramáticamente entre sus habitantes. Irónicamente, la fe de Puerto Rico hacia esas mismas instituciones, cosa que le atrajo desde el comienzo a protegerse bajo su ala, permanece aparentemente invariable.

Si Puerto Rico pensase que con esa confianza en las instituciones de EE.UU. puede aportar a ese debate allá, debe insinuarse en el mismo de alguna forma, pues en este momento no aparece. Pero si piensa que de momento no tiene nada que ganar y quizás mucho que perder, debe mantenerse aparte en lo que esas nubes se disipan, y pararse al terrero del sol mientras eso pasa, si es que eso pasa. Esa conversación no está pasando. Es menester que pase.

 

– Humanista, filósofo, pensador, economista, jubilado, desubicado.

 

 


[1] Según la revista National Geographic, (febrero 2020) la importación de esclavos africanos a diversos países del continente fue como sigue:  Norteamérica 310mil, Brasil 3millones, Haití 700mil, Jamaica 933mil,Cuba 764mil, Puerto Rico 26mil, 


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Ramón E. Daubón


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