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por Sheika Gómez Hernández

No pasa un día en que desde una celda en Tennessee, uno de los luchadores más comprometidos con la independencia de Puerto Rico no desee estar “del otro lado”. No hay una mañana en que desde un apartamento en Santurce, su hija, al tomar una taza de café, no piense en él. Y con el deseo de estar uno con el otro han vivido 34 años, Oscar López Rivera y su única hija, Clarisa.

Detrás de toda lucha existen personas que no han escogido su destino. Esa ha sido la historia de Clarisa, quien desde su niñez imaginó la figura de un padre que no había conocido. Oscar López Rivera, preso político puertorriqueño, estaba en el clandestinaje desde antes del 1981, año en fue apresado. Sus primeros doce años en prisión los pasó en aislamiento total. Así, su hija se fue formando sin la figura de un padre pero con la crianza de unos abuelos y una madre trabajadora, que a pesar de la pobreza, le dieron todo lo necesario para seguir adelante: una educación.

“No conozco a mi papá fuera de la cárcel, no sé qué es estar fuera, en un espacio libre con él”, indicó Clarisa. Hoy vive orgullosa de él, aunque a veces se preguntó “si valía la pena”. Afortunadamente, Clarisa no experimentó nunca la cruel persecución por parte de agentes del FBI como sufrieron tantos otros hijos de presos políticos.

La maternidad ha sido una etapa que la ha hecho entender y acercarse más a su padre. Desde la llegada de su hija Karina, Clarisa comprendió que ya no era necesario seguir mitigando la tristeza con reproches que le hacían terminar cada visita a prisión con llantos y reclamos. Era, en cambio, momento de formar una nueva relación, “vivir un presente y un futuro con mi papá, sin importarme el pasado”. Fue el tiempo el mejor aliado de ambos, pues solo “poco a poco tú te vas dando cuenta del ser humano tan valioso que está ahí… aún yo puedo identificar nuevos rasgos de mi papá, aún mi papá no deja de sorprenderme de forma positiva”.

La sensibilidad de Oscar y la habilidad única que tiene para escuchar a los demás, cualidades que más admira su hija, lo han hecho convertirse en un ser respetado y estimado dentro de prisión. Son los relatos de sus compañeros y excompañeros, quienes apodan cariñosamente a Oscar como “el viejo”, los que regalan a Clarisa la única oportunidad de conocer a su padre desde una mirada de adentro. Una mirada que nunca ha podido experimentar, pero le ha mostrado que su padre ha sido siempre un hombre disciplinado, de valores y principios. Cualidades que en la Guerra de Vietnam le hicieron ganarse una medalla de bronce al no abandonar a su batallón herido y que en el 1999 le hicieron rechazar el indulto otorgado por el presidente Clinton por no incluir en la oferta a dos de sus compañeros de lucha.

Elementos tan humanos como esos, han hecho que Oscar se gane, igualmente, el apoyo de personas de todas partes, políticos de distintas ideologías y artistas que utilizan sus plataformas para llevar el mensaje de su excarcelación.

Parte de los dolores que ha sufrido Clarisa es leer comentarios desinformados sobre su papá. En especial los de personas que se identifican como independentistas y acusan a su padre de que “las energías que se estaban poniendo en la campaña para su excarcelación, eran unas energías que debían ser canalizadas para la liberación de Puerto Rico”. O cuando algunos medios intentan vincularlo a atentados terroristas que, explicó su hija, “si en efecto el Departamento de Justicia hubiera tenido aunque fuera una pisca de prueba para enjuiciarlo por ese tipo de actos, lo hubiera hecho en 1981”.

Es por eso que insiste en que es la educación el elemento necesario para que todos puedan comprender la realidad y la historia de Oscar López Rivera, y de tantas otras personas que como él han entregado su propia libertad a la lucha por la independencia y la justicia social.

Para Oscar, las barreras de su celda jamás han representado un obstáculo para seguir educándose y de mantenerse al tanto de acontecimientos políticos mundiales, en especial los estadounidenses.

Clarisa vive con la idea de que un presidente que admira a Nelson Mandela, irónicamente mantiene en prisión a su padre, luego de tres décadas, por sus convicciones políticas. Sin embargo, de cara a la elección presidencial de los Estados Unidos, se mostró esperanzada en que su papá salga bajo la administración actual, lo que sería antes de enero de 2017.

En las limitadas visitas que hace Clarisa a su padre, no se habla directamente sobre su excarcelación. Las conversaciones íntimas discurren por otros temas como el desarrollo de proyectos que implementarán una vez esté fuera.

Anhela el día de la excarcelación de su padre, a quien nunca ha abrazado fuera de una cárcel. Confía en su sueño de ver a su padre bailar salsa y de cocinar junto a ella, pasiones que comparten.

Clarisa también es una luchadora incansable y dedica todos sus esfuerzos a la campaña de excarcelación de Oscar. “Busquen quién es Oscar”, exclama como una especie de grito de campaña.

Y vive hoy con la misma esperanza. Agradece a todos los que han apoyado la campaña de excarcelación de su padre y pide que continúen aprovechando cada plataforma para hablar sobre él, pues su papá “tiene tanto derecho a estar acá y abrazarnos, como nosotros tenemos derecho de abrazarlo a él…”.

“Seguimos en resistencia y lucha”, como diría el viejo, Oscar López Rivera.

* La autora es estudiante de Periodismo de la Escuela de Comunicación, Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Pertenece al Seminario sobre Periodismo Comunitario que coordina el profesor Luis Fernando Coss.

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