(Fragmentos de la nota preliminar al libro De El Nuevo Día al periodismo digital: trayectorias y desafíos, presentado el jueves 16 de marzo pasado)

Empiezo por las primeras impresiones que me produjo el importante estudio de Luis Fernando Coss, De El Nuevo Día al periodismo digital: trayectorias y desafíos. Aunque son libros muy distintos, el de Coss me recordó uno de los títulos del intelectual Salvador Brau (1842-1912). Me refiero a Ecos de la batalla, un libro publicado en 1886. El título de Brau nos lleva a pensar en la lucha por construir una esfera pública de debate en los últimos años de la colonia española, contra el ojo vigilante de la censura. ¿Cuál era el sentido de la “batalla” en aquella época? Para Brau, ese combate se identificaba con su propio trabajo periodístico, dirigido a una minoría letrada. El estudio de Coss se refiere a otros contextos y a otros interlocutores. Nos habla del Puerto Rico de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Pero en ambos casos el periodismo es el lugar, la escena de la batalla. Se trata de una lucha utópica: promover un espacio que posibilite la búsqueda y la comunicación de la verdad.

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¿Por qué El Nuevo Día? Coss nos invita a pensar ese periódico como el lugar de una transformación decisiva de los vínculos entre el dinero, el poder político y el periodismo. Estudia las alianzas que atraviesan su historia y describe hasta qué punto las relaciones del periódico con el mundo de la publicidad transformaron la producción, la circulación y el consumo de la “información”. El dinero es uno de los protagonistas principales. Coss toma en cuenta el control político directo o a distancia de la familia Ferré, y destaca la coexistencia de procedimientos de la vanguardia visual y del mercado. El Nuevo Día cambió la imagen de la prensa puertorriqueña mediante innovaciones en la diagramación del periódico, el uso de la fotografía y la caricatura. Muy rápidamente encontró, como se dice en el lenguaje del marketing, su perfil y su nicho. Fue construyendo y ampliando un “público” lector e impulsó nuevos consensos en la cultura de masas y otros códigos de lectura. El Nuevo Día venció a sus rivales y consolidó un enorme poder.

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Las complicidades políticas y las disputas entre viejas y nuevas élites propietarias de los medios son cuestiones claves en este libro. Coss plantea otro aspecto que reviste especial interés. Me refiero a los nuevos periodistas, de formación universitaria. Algunos fueron empleados por El Nuevo Día, pero la prioridad del diario no era el periodismo de investigación sino la rentabilidad de los “famosos” y sus marcas. Ahí se abre un capítulo más complicado.

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En su análisis del vertiginoso proceso de transformación que El Nuevo Día representó en la prensa puertorriqueña, Coss se apoya en los aportes de la historiografía previa. Por otro lado, despliega un archivo de testimonios de periodistas y escritores que fue compilando. En ese sentido es notable y compleja la figura de Castañeda, quien provenía de Life en Español. Fue en San Juan donde Castañeda, miembro de la comunidad cubana exiliada en Puerto Rico, encontró las condiciones políticas y económicas bajo el auspicio de la familia Ferré para hacer florecer su idea de un periódico moderno. En torno de esa historia discurren otras que se agregan al argumento principal del libro. Una es la de la huelga del diario El Mundo, de 1972. La otra es el asesinato de los jóvenes independentistas en 1978 que pasó a conocerse como el Caso Maravilla.

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La segunda parte del libro es más breve y esquemática. Ahí, las ideas y las prácticas del emergente periodismo digital ofrecen el marco y las condiciones para recomenzar la batalla. Eso se subraya en el título del libro, y se constata al final, en las “conclusiones”. En esta segunda parte Coss centra la atención en los esfuerzos de diversos grupos de periodistas y escritores por liberarse del control de la comercialización, aprovechando las nuevas tecnologías. Pero no se trata sólo de una novedad tecnológica, que, por otra parte, puede también ser usada para nuevas manipulaciones y abusos. Es otra etapa en la medida que hay una voluntad democratizadora de romper con la prensa comercial.

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Coss sabe de las dificultades del oficio y de las agudas tensiones generadas por las alianzas políticas e institucionales, incluidas las comunidades de izquierda en el interior de las cuales se formó. Esa rica experiencia personal ha preparado el terreno para este libro y para una concepción más abierta y democrática del periodismo. La batalla continúa, y Coss mantiene la fe y la esperanza. La utopía es aún posible.

 

Por: Arcadio Díaz Quiñonez

Fuente: www.80grados.net

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