El deporte: una de nuestras eternas eternas identidades nacionales que se enfrenta a los embates coloniales del nuevo siglo  

En junio del 2016, el ex presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, en un mensaje de alto impacto, habló sobre la Junta de Control Fiscal que impone el proyecto 5278 de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, con el fin de impulsar los procesos de restaurar la deuda pública que tiene el pueblo puertorriqueño con el pueblo norteamericano. En ese mismo mensaje, Obama establece que dado al hecho de que “En este momento Puerto Rico no cuenta con las herramientas necesarias para reestructurar su deuda, herramientas disponibles en otros lugares en Estados Unidos. Y solamente el Congreso puede arreglar este problema y colocar a Puerto Rico en camino a una recuperación”[1].

A cuatro meses para que el pueblo norteamericano votara en una elección sin precedentes, donde más de dos millones de votantes puertorriqueños establecidos en los estados de la nación participarían de este evento electoral, el presidente develó al mundo un secreto a voces, el que por décadas rodó entre pasillos y puertas cerradas. En su coloquial discurso, el también galardonado Premio Nobel de la Paz en 2009, le dejó claro al mundo que Puerto Rico era una colonia del imperio norteamericano al que él presidía. Hasta ese momento, no se había dado un señalamiento tan claro que definiera la realidad política que impone la relación que existente entre Estados Unidos y Puerto Rico. Para tener una idea más clara de lo que quiso decir el mensaje de Obama, puede señalarse que “Como Puerto Rico es una colonia, no tiene herramientas de reestructuración como tienen los 50 estados confederados a la nación”.

Desde el 1952 hasta el 2015, los miembros del Partido Popular Democrático celebraron cada 25 de julio la llamada Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Irónicamente este decreto se pautó para ser celebrado en esta fecha, porque de esta forma borraría de la conciencia de los puertorriqueños colonizados que un 25 de julio de 1898, los barcos de la Marina Mercante de los Estados Unidos invadieron la isla de Puerto Rico en el evento históricamente conocido como la Guerra Hispanoamericana. Sin embargo, a un mes de la fecha, el mensaje de Obama fraguó los preparativos de la celebración del 64to aniversario del ELA. Los populares ya no pudieron ocultar más la realidad de que Puerto Rico era una colonia del imperio norteamericano, y no un territorio, como comúnmente lo presentaban. Este aspecto fue uno de los tantos elementos que definieron las elecciones de la Isla el 2 de noviembre.

Fueron muchas las esperanzas que se levantaron al aire aquel viernes 25 de julio de 1952, cuando se izó por primera vez la bandera puertorriqueña en cada una de las 76 alcaldías municipales existentes en el país. Por su parte, el gobernador Muñoz Marín hizo lo propio frente a la casa de las leyes[2]. El gobierno del presiente Harry S. Truman había aprobado la resolución de la Ley 600, con la que convencieron al mundo y a los miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de que ya Puerto Rico no era una colonia sino que el pueblo había votado por una resolución que le otorgaba derechos constitucionales como nunca antes los había tenido. Aquella falsa política fue condenada por algunos líderes del país y del extranjero desde el momento en que se propuso, pero abalada y vitoreada por la ingenua masa puertorriqueña que creyó en la “benevolencia” de nuestros hermanos del norte y en las sabias decisiones del caudillo boricua. Sesenta y cuatro años tuvieron que pasar para que el mandatario político de mayor influencia en el mundo gritara entre susurros que los poderes operacionales de Puerto Rico eran limitados por el Congreso de los Estados Unidos, porque su condición de territorio es el de una colonia.

Desde el momento mismo en que los norteamericanos arribaron con sus cañones por las costas de Guánica, los ocupantes tenían como fin la dominación militar de la isla. Posteriormente, sus intenciones fueron alterándose, pero siempre con el principal propósito de poseerla como un territorio del naciente imperio norteamericano. Y es que un poderoso imperio puede –sin que haya lugar a la duda– torcerles los destinos futuros a los pueblos más pequeños a los que puede someter bajo su poder, intentando también sobornar el sentido nacional de sus habitantes. En las alturas del 1948, cuatro años antes de que se firmara la llamada Ley 600 y a los cincuenta años del establecimiento del régimen yanke en Puerto Rico,  el pueblo elector llevó a Luis Muñoz Marín a ser el primer gobernador puertorriqueño elegido por el voto. Esta elección puso fin al régimen y política de gobernadores norteamericanos puestos e impuestos por el propio congreso del norte. Por cuarenta y seis años, déspotas e ineficientes militares o políticos habían sido asignados para gobernar la Isla sin tener el más mínimo conocimiento de lo que ella era. Este  patrón cambió en el 1944, cuando a Jesús T. Piñero fue asignado al puesto de gobernador;  convirtiéndose así en el primer gobernante de origen puertorriqueño.

La elección de Muñoz como gobernador fue la consumación de la manipulación político-militar de los Estados Unidos de Norteamérica en Puerto Rico. Su principal propósito era completar el proyecto de hacer de la Isla en un punto estratégico de defensa en la región del Caribe. En la anterior década del 1930 esta acción se había visto seriamente afectada, cuando el Partido Nacionalista Puertorriqueño liderado por el Dr. Pedro Albizu Campos, levantó una barrera de oposición que culminó con el encarcelamiento del líder político y de un grupo de sus más cercanos seguidores.  Esta intervención de Albizu permitió que se sembrara una semilla de apreciación nacional que aún permea en los presentes tiempos, aún con todas las formas de coloniaje a la que ha sido sometida la sociedad puertorriqueña.

Como una ironía, aquel histórico año del 1948 se dio otro fenómeno que impactaría la vida de todos los puertorriqueños. Por primera vez, una delegación de 9 atletas del patio participaron de una olimpiada, celebrada en la capital inglesa de Londres. El desfile de apertura donde se presenta a todas las delegaciones requiere que los atletas entren portando la bandera de los países a los que representan. Para esta edición, los puertorriqueños hicieron su entrada al estadio con una bandera blanca donde descansaba  el escudo de armas de Puerto Rico, puesto que para este entonces la isla no contaba con una bandera oficial.

La participación de los atletas puertorriqueños en esta olimpiada se hizo sentir en los amantes del deporte isleño. Más allá de los pronósticos que pudieran haberle dado a estos embajadores del deporte, el boxeador Juan Evangelista Venegas trajo para la Isla la primera presea olímpica.  Aquella medalla de bronce inmortalizó la figura del pugilista de Río Piedras[3], y levantó una nueva mirada que muchos han descuidado con el correr de los años nuevos. A partir de entonces, el deporte fue ese escenario  nacional que se sembró en las venas de los puertorriqueños; y nadie ha podido arrancarlo de sus entrañas.

La conciencia colonizada de los puertorriqueños acondicionados a obedecer, a no sublevarse ni a usar ningún tipo de vocablo que pudiera asociarse con el nacionalismo ni con la identidad patriótica por las consecuencias legales que esto significaba, no permitía creer que boricua alguno pudiera competir en actividades deportivas de talla mundial.  Y si era difícil reconocer su participación, más difícil debió haber sido reconocer el potencial deportivo con el que se destacó Venegas. Este mensaje de inyectar la ignorancia en el razonamiento de los puertorriqueños ha permitido que varias generaciones de  boricuas miren a todo lo extranjero (en especial, a todo lo que es sinónimo a la cultura norteamericana) como lo válido y lo superior, minimizando así lo que el país produce.

Para el 1976 ya habían transcurrido veintiocho años de la hazaña de Juan Evangelista. Era la segunda vez en la historia deportiva del país que un puertorriqueño se paraba en el podio olímpico para recoger una medalla.  Pero a diferencia de la olimpiada de Londres, en esta vigésima primera edición olímpica celebrada en la ciudad de Montreal, Cánada, la monoestrellada puertorriqueña se izó por primera vez. El también boxeador, Orlando Maldonado había ganado bronce en la categoría de los 48 kilogramos.

Es inevitable sentir la tentación de pensar que para los verdugos de la colonia, el único deporte olímpico en el que los puertorriqueños podían destacarse era en el boxeo.  Y no hay intención alguna de menospreciar esta disciplina deportiva; máxima, cuando ha sido en este campo donde se han destacado muchos de los más recordados deportistas del país. Sin embargo, en la mente del que coloniza, tal y como lo han venido demostrando y diciendo los norteamericanos desde su llegada hasta el presente,  no puede escaparse la maquinizada idea de pensar que “los salvajes puertorriqueño sólo pueden competir en eventos donde sólo la violencia física pueda ser la medición y la norma”. Esta hipótesis adquiere mayor peso cuando las próximas cuatro medallas olímpicas que Puerto Rico celebró como suyas fueron ganadas en el deporte del boxeos. En los juegos del 1984, 1992 y 1996 Puerto Rico aumentó su botín olímpico con cuatro nuevas medallas.  Dos de de estas medallas fueron obtenidas en los juegos de 1984, celebrados en la ciudad de Los Ángeles, California; momento donde se obtiene la primera medalla de plata para el comité olímpico puertorriqueño.  Tendrían que pasar siete ediciones olímpicas (28 años) para que se consiguiera la segunda presea plateada para este comité. De esta manera, los boxeadores Luis Francisco Ortiz, Arístides González, Aníbal Acevedo y Daniel Santos se consagran y entran a formar parte del merecido grupo de los inmortales del deporte puertorriqueño.

Después de las olimpiadas de Atlanta 1996, pasarían doce años para que otro atleta puertorriqueño volviera a subir al medallero para recoger una presea. En el 2012, Londres vuelve a convertirse en el escenario olímpico donde los puertorriqueños se hicieron sentir, tal y como lo hizo Juan Evangelista 64 años antes. Sin embargo, a diferencia de aquella primera medalla y de las otras cinco medallas olímpicas que Puerto Rico había obtenido en su historial deportivo, las preseas en esta edición rompieron un esquema que se había convertido en una norma: Javier Culson y Jaime Epinal no ganaron medalla en el deporte del boxeo. El primero obtuvo el bronce en la competencia de los 400 metros con vallas; y el segundo, el dominicano criado y desarrollado deportivamente en Puerto Rio, obtuvo plata en la competencia de lucha, en la división de los 84 kg. Aunque el deporte de Espinel requiere de resistencia y contacto físico, no es el mismo sentir al que pudiese dársele a los boxeadores, único deporte al que hasta ese momento los puertorriqueños tenían derecho a obtener medalla olímpica alguna. Los avances de la tecnología permitieron que los seguidores y no seguidores del deporte se pegaran a las pantallas de sus televisores, celulares y computadoras para ser testigos oculares de las gestas de sus héroes nacionales. No hubo barrio o establecimiento a lo largo y ancho de toda la Isla donde no se escucharan gritos de júbilo por las representaciones que Culson y Espinel hicieron, luciendo en sus uniformes los colores de la bandera puertorriqueña. El pueblo celebró sus llegadas. En las emblemáticas letras que dan la bienvenida a la ciudad de Ponce, de donde es oriundo Culson, se colocó una gigantesca medalla de bronce en honor al holgado vallista. Una vez más, el nacionalismo deportivo irradiaba en las miradas de todos los puertorriqueños. Y ante esta reacción patriótica, es obligando concluir que más allá de la movilización general que el imperialismo ha hecho con “todos sus recursos nacionales, internacionales y coloniales, contra el planteamiento nacional de los puertorriqueños[4]”, como lo dijera en un su tiempo el poeta y escritor cialeño Juan Antonio Corretjer, el esfuerzo por destruir todos los elementos de la conciencia nacional de los puertorriqueños se desplomaron una vez más. No han bastado 119 años de imposición y colonialismo para destruir el espíritu que, sin tener explicación alguna, está dentro de todos los hijos de Puerto Rico.

El lector puede o no ser amante del deporte; como igual derecho y libertad tiene de estar de acuerdo o en desacuerdo con la postura aquí expuesta. Sin embargo, tras la crisis fiscal y económica por la que atraviesa el país, en el nuevo análisis que se le da al acuerdo firmado en el 1952, se recuerdan las palabras del Lcdo. Vicente Géigel Polanco en su escrito La Falsa del Estado Libre Asociado, cuando dice que “El invasor ha pretendido, asimismo, desnaturalizar el alma de este pueblo, corromper su moral, prostituir sus creencias, humillar su decoro y envilecer su conciencia”[5]. Basta solamente con dar una ligera mirada alrededor de un diámetro cualquiera dentro de los confines territoriales de Puerto Rico para ver el desequilibrio e inestabilidad de la conciencia que tiene el puertorriqueño, en términos generales. Y aunque del todo aún no se ha consumado el objetivo; algo se ha adelantado con el proyecto colonizador cuando se reconoce que se ha corrompido su moral,  que se han prostituido sus creencias, que se ha humillado su decoro y se ha envilecido su conciencia. Sin embargo, hasta el día de hoy,  no se ha colonizado la fibra más íntima del ser puertorriqueño, porque sigue sin desnaturalizarse su alma. Esa alma a la que se busca colonizar es la misma que hace gritar a cada instante: ¡Yo soy boricua, pa’que tú lo sepas!

El Lcdo. Géigel Polanco fue una de las más reconocidas lumbreras intelectuales que militó en las líneas del PPD. Fue él una de las piezas claves que participó de aquel teatro político firmado como nombre de una falsa constitución. Sin embargo, la conciencia le gritó la necesidad de no quedarse callado. Y decidió hacer público el esquema fraudulento de que aquel ELA en el que tantas esperanzas habían sembrado los jíbaros y campesinos puertorriqueños y a los que convencieron con el lema de “Jalda arriba”, había sido una falsa política que en nada adelantó la definición del status político. Pocos le creyeron, otros lo desmintieron, y muchos más lo tildaron con los improperios dados a los tildados de traidores. Sin embargo, el presidente Obama no dudó en decirlo en público, confirmando de esta forma que el ELA y Muñoz Marín le habían mentido a Puerto Rico por más de seis décadas. Pero más escandaloso es el hecho de que Estados Unidos también le mintió a la ONU y al resto de los países del mundo cuando quiso vender la idea de que ya Puerto Rico había alcanzado una madurez política con aquella falsa constitución concedida. Las palabras de Obama fueron el tirón del telón del teatro desmoralizador que se gestó en los escenarios de la Isla. Aquellos titiriteros colonialistas que aún permean estáticos en las filas del PPD no se atrevieron a desmentir lo que ya el resto del mundo tenía como definición: que Puerto Rico era y sigue siendo una colonia de los Estados Unidos de Norteamérica.

Después de aquel discurso presidencial, los rostros de los puertorriqueños volvieron a reflejar sus bajos estados de ánimo. Ya el mundo entero estaba enterado de su real condición política. Pero un nuevo respiro de gloria se vaticinaba. En el mes de agosto, la ciudad brasileña de Río de Janeiro recibía a las delegaciones y representantes de los países que se dieron cita en la 31ra edición olímpica de la era moderna. En este ambiente deportivo, inundados por los tambores de los contagiosos ritmos musicales tan característicos de la cultura brasilera, en la noche del sábado 13 de agosto, la tenista puertorriqueña Mónica Puig logró lo que para muchos no era posible: que el himno de Puerto Rico fuera escuchado en una olimpiada. Puig, no sólo se convirtió en la primera mujer puertorriqueña en obtener una medalla olímpica para Puerto Rico, sino que también conquistó lo que para muchos no era viable: un oro para la delegación puertorriqueña. Anterior a la gesta de Mónica, la también tenista puertorriqueña, Beatriz “Gigi” Fernández, había ganado dos medallas doradas en las olimpiadas de 1992  y 1996. Pero estas medallas se sumaron a las demás medallas que obtuvo la delegación deportiva de los Estados Unidos; por lo que sus medallas no son contadas dentro de la cuantía olímpica de la Isla. Aquella noche de aquel inolvidable sábado, el mundo deportivo conoció que en medio del Caribe hay una isla llamada Puerto Rico y que tiene una delegación olímpica independiente. Que no importa que sea un territorio o una colonia, como la quieran llamar, esta isla está dominada por un sistema colonial impuesto por el mismo país que más medallas ha obtenido en todo el historial olímpico y que éste no ha posdido desligar el deporte de la esencia nacional de sus residentes.

El lenguaje se quedó sin palabras para definir y describir el sentimiento patriótico nacional que electrizó a cada puertorriqueño; tanto para los que aún viven en la Isla, como para los más de cinco millones de puertorriqueños que viven esparcidos por todo el planeta. Esta gesta de Mónica fue mucho más grande de lo que muchos imaginan. Esta hazaña le hizo ver al mundo deportivo que los puertorriqueños no sólo estaban capacitados para ganar medallas en deportes donde dar garrotazos como salvajes era la única opción; sino que hay otras disciplinas deportivas donde son igualmente competitivos, como es el caso del tenis. Demostró que también los puertorriqueños tienen la capacidad de levantar de la caída a quien con dignidad los representa, como lo hicieron en esta ocasión con Culson, cuando en esta misma olimpiada, en la final de los 400 metros con vallas, fue eliminado de la carrera tras una falsa salida. Las redes sociales y los medios de comunicación no dieron abasto para sostener todos los mensajes de solidaridad y agradecimiento que sintieron sus compueblanos. Esos sentimientos de entrega expresados en el desesperado llanto de Culson, así como el desconsolado llanto que corría por el rostro de Puig, no lo puede entender ningún deportista que no se quita su nombre y su ego para representar a la tierra que le vio nacer.

Estas acciones de júbilo, de celebración y de apoyo prontamente fueron criticadas por quienes no saben lo que es sudar la patria desde el deporte.  La prensa de los Estados Unidos en vano intentó ridiculizar la única medalla dorada obtenida en toda la historia olímpica de Puerto Rico, cuando la posicionaron al lado del botín de medallas obtenidas por la delegación de esta nación en estos juegos. Ni las más de 2,500 medallas que los estadounidenses han contado en toda su historia olímpica recogen la pasión, la entrega y el sentimiento que se recogen en las nueve medallas que colosalmente los boricuas han obtenido. Porque estos gladiadores del deporte han tenido que vencer más obstáculos que cualquier otro atleta en el mundo: la competencia de todos los países participantes y el atropello psicológico y emocional del rey olímpico.

Quizás hay que repensar las pasadas palabras, cuando a la memoria llegan los recuerdos del boxeador que en el mundo del deporte se conoció como Muhammad Alí[6]. Cuentan algunos historiadores y biógrafos del púgil norteamericano, que a los pocos días de haber ganado la medalla de oro en las olimpiadas del 1960, Ali entró a un café donde no daban servicio a personas negras[7]. El boxeador creyó pensar que por su gesta olímpica le considerarían, aun cuando él fuera negro. Pero el servicio se le negó, y tras el hermano del boxeador hacer alusión a la presea olímpica que éste tenía colgada de su cuello, el propietario del negocio exclamó que le importaba un carajo quién era e insistió en que en ese lugar no se le servía a negros[8].  Después de esta humillación, Alí lanzó la medalla al Río Ohio.

CLÁSICO MUNDIAL DE BÉISBOL 2017

El déspota colonizador no puede entender que el colonizado también tiene la capacidad de alcanzar un sitial de supremacía. Pero a éste no le conviene que lo logre, porque lo ridiculiza frente a los demás.  Dicho de otra forma; que el esclavo del colono no puede aspirar a ser igual o mejor que quien le sostiene las cadenas de su yugo. Así lo han tenido que vivir los negros, los nativos y los miembros de las comunidades minoritarias dentro de la misma nación. Así lo han tenido que vivir los puertorriqueños a los largo de tantos años de imposición y represión.

La evidencia más reciente de ese intento de amedrentar y reprimir a los puertorriqueños se vivió el pasado miércoles, 22 de marzo de 2017. A los miembros de la delegación  del equipo que representó a la Isla en la cuarta edición del Clásico Mundial de Béisbol no se les permitió jugar para ganar el campeonato al que tenían derecho, por haber demostrado supremacía frente a los equipos contrarios  vencidos, incluyendo al de los Estados Unidos. En la noche que se decidiría quién sería el campeón de la serie, a los jugadores puertorriqueños sí se les permitió entrar al parque de los Dodgers, en la ciudad de Los Ángeles,  pero desde antes de empezar el juego ya el equipo sabía que jamás podrían ganarle al “Tem USA”.

Desde el momento en que se fue seleccionando a los miembros que finalmente formaron la novena boricua que participó en este clásico, los jugadores puertorriqueños iban con la única encomienda de volver a estar en la final. En el 2013 los dominicanos ganaron el clásico, pero la escuadra boricua hizo  un papel memorable, aún cuando muchos no le daban posibilidad alguna de llegar a la posición de subcampeones. En este año del 2017, los boricuas querían volver a repetir la misma hazaña. Pero hubo una chispa distinta que en el 2013 no se dio: el apoyo que le dieron sus hermanos puertorriqueños y otros fanáticos de otras nacionalidades fue tal, que le siguieron paso a paso, juego por juego, desde su primera participación.  Tanta efervescencia levantó este equipo, apodado “Tem Rubio”, acaparó toda la atención del país durante las tres semanas que duró el clásico. Hacía mucho tiempo que no se le había visto a los puertorriqueños estar tan unidos por tantos días buscando alcanzar un mismo fin, tal y como lo consiguió hacer el equipo al que Yadier Molina capitaneaba. Las barberías, los salones de belleza y los establecimientos distribuidores de productos para el cabello no dieron abasto para la cantidad de fanáticos, en especial varones, que llegaban a sus puertas con la intención de teñirse el cabello o la barba, en muestras de apoyo y solidaridad al equipo, imitando la acción que hicieron muchos de los jugadores y miembros de apoyo de la delegación.

En cada uno de los siete juegos que le dieron el paso firme a los puertorriqueños para llegar hasta la final fue evidente la entrega y el carisma que había en los jugadores; tanto así, que aquella energía contagió a la fanaticada. Aquella fuerza inquebrantable estuvo latente en todo momento. Su desempeño fue el de un verdadero equipo que sólo pensaba en una figura: en Puerto Rico. Estas ganas de traerle a la Isla el título de campeón de la Serie se evidenció en el séptimo y último juego antes de la serie final, cuando en un juegazo no apto para cardiacos, en la madrugada del martes 21 de marzo, a la 1:30 de la madrugada, Puerto Rico celebraba su victoria frente a la novena holandesa en la undécima entrada, con marcador 4 a 3.

La noche del martes todo era expectativa. Japón, que al igual que Puerto Rico, llegaba a esta ronda final como invicto. El país asiático jugaría frente a los Estados Unidos. Y más allá de lo que muchos esperaban, Estados Unidos le ganó al equipo nipón con marcador 3 a 2. Fue así como Estados Unidos se convierte en el contrincante con quien Puerto Rico lucharía el campeonato del clásico.

La noche del miércoles 22 de marzo era el momento que todos los fanáticos del béisbol puertorriqueño esperaban con gran entusiasmo, para ver lo que se esperaba iba a ser un verdadero duelo de los dos titanes que habían demostrado mayor supremacía en este campeonato. Todos los pronósticos vaticinaban un cerrado combate donde los puertorriqueños debían proclamarse campeones. Pero había que verlos jugar en el terreno para luego gritar con júbilo la final victoria.  Sin embargo, desde el momento mismo en que se inició la transmisión del juego, los jugadores puertorriqueños se veían desmotivados, cabizbajos y con un espíritu totalmente opaco en comparación al que habían presentado dos días antes.  Este bajo entusiasmo en los jugadores boricuas fue el que se presentó  a lo largo de las dos horas y media que duró el juego, hasta finalmente Estados Unidos se proclamó campeón, con marcador 8 a 0.

El pueblo puertorriqueño se iba estupefacto a la cama, buscando respuestas que respondieran a las decenas de preguntas que intentaran llegar a una  justa explicación a este juego. ¿Estaban cansados? No pudieron haberlo estado tan cansados, cuando tuvieron un día de descanso de por medio, en comparación con el equipo de Estados Unidos, el que había jugado contra Japón la noche anterior. Muchos conocedores del deporte afirman que este tipo de situaciones es común, que al momento los jugadores tienen un estado de ánimo y al otro día tienen otro y que eso se ve en su desempeño. Pero en este juego en particular, el razonamiento lleva a que el analista a otra dimensión.  Inmediatamente las especulaciones inundaron las redes sociales, donde miles afirmaban que hubo manos sucias metidas en el juego desde mucho antes que se iniciase.

Al levantarse la mañana del jueves 23, ya los puertorriqueños habían dado su veredicto… Con el correr de los subsiguientes días, esta conclusión se ahondaría en una misma postura: hubo mano sucia detrás del plato. Y es que según el análisis de muchos enfurecidos fanáticos, los puertorriqueños no podían ganarle a los Estados Unidos en un juego y en un campeonato que ellos mismos inventaron, y menos en el patio de su casa. Y continuaban publicándose las canteras de preguntas sin respuestas: ¿Por qué el árbitro del “home plate” canta algunos “strikes”, cuando era obvio que eran bola? ¿Sin restarle crédito al trabajo del pitcher del equipo de Estados Unidos, por qué los bateadores de Puerto Rico le dieron a la bola con dirección al piso? ¿Por qué el pitcher de Puerto Rico le colocaba las bolas fáciles para que los bateadores del contrario las batearan? ¿Por qué el dirigente del equipo de Puerto Rico dejó al mismo pitcher  si veía que entrada tras entrada éste les estaba haciendo el juego a los americanos?  ¿Por qué la cara descompuesta de Yadier Molina y de Carlos Correa al momento en que iban a batear, como si tuvieran una guerra interna que combatía contra su ego, su trabajo y su misión nacional? ¿Por qué, cuando estos dos jugadores se retiran del home plate y pidieron tiempo, el pitcher lanzó la pelota, el árbitro cantó strike y ellos se quedaron sumisos y no protestaron la decisión, como lo habían hecho en varias ocasiones en los juegos anteriores? ¿Dónde había quedado toda aquella energía contagiosa que le presentaron al mundo a lo largo de aquellas tres semanas?

Estas preguntas no han dado señal de tener una respuesta concisa y final. Y menos posibilidad se ve cuando más información sigue invadiendo la prensa y los portales cibernéticos por parte de enfurecidos fanáticos que estuvieron en el parque develan nuevos ángulos de información. Algunos afirman que vieron llegar empleados de la empresa de envío Fed Ex con unas cajas que decían “No abrir hasta que Estados Unidos gane”. A otros enardecidos fanáticos se les prohibió hacer uso de los pleneros e instrumentos propios de la música puertorriqueña y que tanta armonía habían creado en todos los juegos anteriores a aquel.

Otros vieron llegar a los dueños de los equipos de las grandes ligas en un acto de demostración de autoridad para que entendieran los jugadores puertorriqueños que aquéllos que desobedecieran las órdenes que se les habían dado recibirían su castigo. Al final del juego, el pelotero Ángel Pagán fue el único puertorriqueño que pudo llegar a tercera base en un momento donde los aún incrédulos televidentes creían que al menos una carrera bajaría.  En la entrega de medallas, el equipo boricua es sacado del parque para recibir sus medallas de plata en el camerino. Los noveles estelares (Carlo Correa, Javier Báez, Francisco Lindor, Javier López, por mencionar sólo algunos) que participaron en el campeonato, no pudieron llegar a Puerto Rico para celebrar con su pueblo la gesta realizada. ¿La razón? No se les concedió el permiso para así hacerlo. Al jugador José De León el equipo de Tampa Rays lo descendió a las Ligas Menores por representar a Puerto Rico en el clásico.  Todos estos ejemplos y otros más que siguen difundiéndose es una cantera de incongruencias que imposibilitan no concluir que este juego tuvo un cierre deshonesto, injusto, poco profesional e inmoral

Una vez más, Estados Unidos se presentó desnudo al mundo, tal y cual es en su esencia máxima.  Se presentaron sin falsas imágenes que disimulen lo que se guarda dentro de todas sus malintencionadas acciones. No es la primera vez que esta nación usa el poder de su gobierno para manipular a sus adversarios usando el deporte como misil de combate, queriendo enviar un mensaje de que él es la suprema potencia del planeta en todos los aspectos. No es la primera vez que envía un comunicado de amenaza para quien intente desobedecer sus órdenes. Desde los años ‘40 lo hizo a los países comunistas, socialistas o aliados de la antigua Unión Soviética Socialista. Por más de 45 años, durante el periodo de la Guerra Fría, el país usó todos sus recursos disponibles para avivar su ego de poder frente a los espejos del planeta que le miraban, intentando hacerle ver a estos países quién era el que tenía el verdadero control del mundo. Tal irritada altivez no les permitió participar en las olimpiadas del 1980, cuando éstas se celebraron en la ciudad de Moscú. Pulseando el juego de ver quién era más fuerte, Los Ángeles recibió a los juegos cuatro años más tarde, a donde la delegación rusa no llegó.

Y una vez más volvieron a hacerlo, como lo hicieran tantas veces en el pasado.  En este clásico del béisbol, en el intento de autoproclamarse como imperio intocable que aspira torcerle el destino al pueblo puertorriqueño, mucho más pequeño y más vulnerable que él y al que tiene sometido bajo la suela de la colonización, le obligó a perder a este grupo de deportista en un evento que todas las estadísticas lo posicionaban como los vencedores. La humillación que le hizo vivir el equipo nacional de baloncesto en las olimpiadas de Atenas 2004 aún laceraba la conciencia del villano; y por nada del mundo habrían de volver a vivir el mismo agravio.

Sin intimidaciones ni resabios, el equipo de Puerto Rico revalidó el subcampeonato en el Clásico Mundial del Béisbol 2017. Aquellos peloteros puertorriqueños que sí pudieron llegar a la Isla para celebrar con los suyos, arribaron proclamados como héroes por el pueblo que sí supo honrar sus gestas. Por más de tres horas y bajo torrenciales lluvias, miles los acompañaron desde el aeropuerto. Otros los esperaban a lo largo de algunas de las principales avenidas y calles del área metropolitana para saludarles. A diferencia de otras veces, el tapón ocasionado por este recibimiento no incomodó a los emocionados choferes; quienes detuvieron sus vehículos y se bajaron en plena calle para retratar, tomar videos o simplemente admirar a estos nuevos embajadores nacionales.  Todos los peloteros quisieron estar presente para celebrar el triunfo. Para algunos no fue posible. Sus  contratos de las grandes ligas, el mismo que se vio en peligro si ganaban el clásico, les obligó reportarse al siguiente día en el campo de juego.

La respuesta final, quizás, nunca se conocerá; al menos, no por el momento. Es probable que una vez más vuelva a repetirse una historia parecida a la que hay oscura y que gira en torno a la controversial medalla olímpica de Alí.  Después de la muerte del inmortal púgil muchos datos antes no conocidos han salido a la luz pública, como el que fue destituido de su título boxístico en el 1966 tras negarse a participar en la Guerra de Vietnam.  A Alí lo discriminaron por ser negro; a los puertorriqueños los han discriminados por su etnia latina y por ser ciudadanos americanos a media, por ser los nacidos dentro de un territorio colonizado por la nación. Es por eso que el bondadoso país estadounidense no podría soportar que una vez más esa colonia de los puertorriqueños lo humillara frente a la mirada de todo el planeta. Después de aquel juego  donde el consagrado “equipo de ensueño” del baloncesto de los Estados Unidos perdió frente al equipo nacional, Estados Unidos se ha quedado con el mal sabor de no volver a aceptar la vergüenza de que su colonia haya demostrado haber desarrollado la capacidad de también ganar.   Es imposible olvidar cuando en este juego, el estelar canastero Carlos Arroyo, agarró y sacudió con evidente pasión la camisa  que llevaba puesta, donde se identificaba claramente el nombre de Puerto Rico. Aquel hamaqueo fue a tal nivel, que a partir de entonces, su participación en la NBA se vio en picada.

Sin embargo, y he aquí la parte más dolorosa para el opresor, que una vez más quedaron evidenciadas muchas cosas. Las dos más importantes, para efectos de este escrito, que es el deporte es una de las fichas claves donde mejor se ha conservado el latir nacional de los puertorriqueños. La segunda, que para los Estados Unidos, Puerto Rico sólo representa una exquisita colonia.

No importa la ideología política, religión, ubicación geográfica ni status social al que se pertenezca como para no sentir el latir del alma puertorriqueña que se da en cada uno de los hijos nacidos en tierra borinqueña cuando uno de los suyos se destaca, dentro o fuera del país. La reacción es inmediata y el pueblo  sale a las calles para hacerle saber de su apoyo incondicional. Desde los tiempos de Sixto Escobar, Hiram Bithorn, Roberto Clemente; Wilfredo Benítez, Ángel Tomás Cordero, Orlando “Peruchín” Cepeda,  Angelita Lin, Roberto Alomar, Iván Rodríguez hasta los más recientes tiempos de Tito Trinidad, Miguel Cotto, José Juan Barea y cada uno de los tantos atletas de alto calibre que han representado dignamente a Puerto Rico, en el íntimo yo de cada uno de los puertorriqueños vuelve a encenderse  la llama de la nacionalidad que, en ocasiones, descansa hechizada dentro de sí. Ese espíritu que algunos creen que no existe o que vive oculto, lo despertaron todos estos grandes del deporte. Igual pasión despiertan y despertarán las presentes y futuras generaciones de atletas puertorriqueños que se forman para seguir conservando inerte el espíritu nacional que no deja de enfrentar con aplomo los embates coloniales que siguen gestándose ineficientemente, aún en el presente siglo.

[1] Delgado, José A. El mensaje de Obama sobre Puerto Rico, Blogs: Desde Washington.  Artículo cibernético publicado el 16 de junio de 2017 y corroborado el 23 de marzo de 2017, cuya dirección de acceso es http://blogs.elnuevodia.com/desde-washington/2016/06/16/el-mensaje-de-obama-sobre-puerto-rico/

[2] Para este entonces, Puerto Rico cuenta contaba con 76 municipios fundados. Un año antes, Río Piedras se incorporaba a San Juan como uno de sus barrios. Las últimas dos fundaciones municipales se dieron bajo la administración del gobernador Luis A. Ferré, cuando en el 1970 se aprueba la fundación de Canóvanas y al año siguiente, la fundación del pueblo de Florida.

[3] Tanto los datos biográficos de Evangelista Vargas y de los demás medallistas olímpicos puertorriqueños, fueron obtenidos

[4] Corretjer, Juan Antonio. Miedo al sol. El pensamiento político de Juan Antonio Corretjer, 2008; p. 112.

[5] Géigel Polanco, Vicente. La Farsa del Estado Libre Asociado. Editorial Edil, edición del 2010, p. 28.

[6] Para esta fecha, todavía el boxeador conservaba su nombre de pila, Cassius Clay.

[7] Los incidentes del café donde no se le daban servicios a negros y a donde Alí fue a comer es una que ha sido desmentida por muchos biógrafos e historiadores; pero dada por cierta por otros tantos.

[8] González Gómez, César. Muhammad Ali, la medalla olímpica que nunca lanzó al río. Izquierdazo. Portal cibernético cotejado el 25 de marzo de 2017, cuya dirección de acceso es http://izquierdazo.com/muhammad-ali-y-la-medalla-olimpica-que-nunca-lanzo-al-rio/1364

Foto histórica que recoge el momento en que la delegación de la Isla posa con su abanderado, el pertiguista José Vicente Chandler, en la celebración de inauguración de los décimos cuartos juegos olímpicos.

 

Por: ­Ángel RIvera

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