Puerto Rico perdió esta semana uno de sus más importantes hombres de letras, el padre Fernando Picó Bauermeister.   Fue un sacerdote Jesuita nacido en Santurce el 15 de agosto de 1941.  Estudió en el Colegio San Ignacio y de allí paso a la Universidad de Springfield para hacer su bachillerato,  pero después pasó en  1959 al  seminario jesuita de Saint Andrew en  Nueva York para ser cura.  Pero su camino por el sacerdocio no fue el del  padre tradicional con sotana  que conocemos que tiene a su cargo una parroquia  desde la que  atiende las necesidades espirituales de su comunidad.  Su labor evangélica la llevó a cabo con un gran fervor como maestro desde los salones de clase de la Universidad de Puerto Rico, en una de las cárceles del país, y apasionadamente como detective, como investigador,  en archivos históricos, compartiendo con nosotros el producto de sus descubrimientos como escritor y ensayista.

En el seminario hizo  estudios de filosofía y teología para después ser ordenado  sacerdote. Más adelante  obtuvo una maestría en historia en la Universidad de Fordham en Nueva York (1966), terminando  su doctorado en la Universidad de John Hopkins en Maryland  en 1970.  No solamente fue sacerdote, pero fue además uno de nuestros más prolíficos historiadores,  y desde 1972 fue profesor  en el Departamento de Historia de la Facultad de Humanidades del Recinto de la Universidad de Puerto Rico de Río Piedras.

No tuve  el honor ni el privilegio de conocerle personalmente.  Pero tuve la dicha de conocerlo como profesor y como narrador de nuestra historia a través de muchos de los libros que escribió que tuve la oportunidad de leer y que seguiré leyendo.  La sencillez que reflejaba al hablar,  su forma de vestir, la guayabera blanca de manga corta que acostumbraba llevar, y la forma de expresarse de forma clara, precisa, fácil de entender y  comprender de un tirón, la transmitía a través de sus escritos.  Lo hacía  sin dejar de mostrar su pasión no solo por la historia,  pero también  por las investigaciones  de las cuales salían sus escritos.  Su expresión tenía un efecto magnético en mi lectura.  No había  distracción que provocara que levantase la vista, y mis  manos al  sujetar el libro se mantenían  en un trance que no permitía soltarlo.

No fue uno de esos historiadores que se distinguen por el estudio de grandes figuras políticas, de las ciencias o de la economía, de grandes eventos socio-económicos, políticos y culturales, de guerras, de revoluciones o de grandes conflictos sociales.  No que ese tipo de historia carezca de valor.  Es también sumamente importante.   Pero su enfoque principal era el de estudiar la vida de la gente sin la cual no hay historia, no hay progreso, no hay desarrollo humano.  La mayor parte de sus  estudios giraban  en torno a las personas sobre cuyos hombros se construyen, mantienen y cambian las sociedades, los hombres y las mujeres de a pie,  los trabajadores,  la gente del pueblo,  y también los marginados, los condenados de la tierra.  Según lo expresado por el profesor de historia José Lee Borges en su artículo del 30 de junio de este año en la revista cibernética 80grados de título Simplemente Picó: “Picó nos enseñó que nuestra historia tiene su eje, no necesariamente el de los ataques al Morro, o el que conocemos tradicionalmente lleno de nombres y fechas, sino que radica en el esfuerzo de miles de criollos que batallaron día a día y que así forjaron nuestro pueblo”.

Para escribir esta reflexión además de leer muchas de las notas de prensa  escritas  en la semana sobre él  y unas cuantas notas y referencias en el internet,  busqué algunos de los libros escritos por él que tenía guardados en mis libreros para repasar la experiencia tras los mismos.  Comienzo por dos que sirven de llave para comenzar a estudiar siglos de historia en dos partes del mundo.  Uno se llama Historia general de Puerto Rico, 1986, Ediciones Huracán y el otro Historia general del occidente europeo, siglos V al XV, 1997, Ediciones Huracán.  (En adelante,  todos los libros referidos en esta reflexión  fueron publicados por dicha casa editora.)   Por sus títulos  uno pensaría que cada uno consiste de extensos y pesados libros de más de setecientas o mil páginas.  Al contrario, no solo cumplen con la palabra general de sus respectivos títulos, porque  cada uno no llega a las  trescientas páginas.  Pero su generalidad no peca en ser unos textos superficiales o de información abreviada y de referencia general para quien desee cotejar algún dato, o no tenga la paciencia ni el deseo por sentarse a aprender.  Son la apertura de la puerta para conocer la  historia de una Europa que tuvo un dramático impacto sobre Las Américas a partir del arribo de los españoles en 1492, y para conocer la historia de nuestra nación que tan pobremente se ha enseñado por más de un siglo  en nuestro sistema de educación.  Lo mismo sirven para comenzar a aprender sobre esas historias en escuela superior que en los estudios básicos de universidad, o ya de adulto, porque el fin de los estudios formales de una persona no significa el fin del paso por los caminos  hacia el infinito de los horizontes del saber sobre todo en la vida.  Los escribió además con sencillez y claridad, para una fácil comprensión.   Por ello son una gran aportación por parte del padre Picó.

De lo general pasamos a lo específico y sin necesariamente seguir un orden cronológico, recuerdo a Libertad y servidumbre en el Puerto Rico del siglo XIX (los jornaleros utuadeños en vísperas del auge del café) 1979.  En él comparte sus estudios de documentos del Archivo General de Puerto Rico y los protocolos notariales de Utuado.  Nos ilustra en torno a quienes eran los trabajadores del área rural de ese pueblo, sus condiciones de trabajo y de vida, su relación con el gobierno y la Iglesia Católica.  Después viene Amargo café, publicado en 1981.  Es  una historia de los pequeños y medianos caficultores de Utuado durante la segunda mitad del siglo XIX, libro que nos ilustra desde la perspectiva de esos agricultores dicha fase de la economía agrícola de Puerto Rico. Después de ese trabajo  se quedó en Utuado y en el 1983 publicó Los gallos peleados.  En él Picó nos transporta y ubica en la escena del Utuado de la primera mitad del siglo veinte, y nos muestra cómo era la vida de la gente de ese pueblo que por diversas razones vivían al margen de la sociedad, al margen de las fuentes del poder.  En él vemos la atención que presta a los libros de novedades de la Policía de Puerto Rico de aquel entonces, y los conflictos sociales que a través de los mismos se detallan, tomando nota a través de ellos  y de otras fuentes  de las circunstancias económicas, políticas y sociales del Utuado de aquella época.

En el año 2007 publica Cayeyanos, familias y solidaridades en la historia de Cayey.  En él nos lleva por el camino de la historia de Cayey desde los finales del siglo XVIII y como parte de la investigación vemos como consulta los archivos parroquiales de Cayey,   incluyendo los libros de los bautismos,  de las defunciones y los matrimonios como parte del esfuerzo por contar con la mayor información posible de la vida de  las personas y familias que formaban parte de sus estudios e investigación.

En 1989 nos regala Vivir en Caimito.  En el mismo nos cuenta el origen y desarrollo de uno de los barrios de San Juan, y en él, además de hacer uso de las técnicas de investigación de su disciplina, también comparte con nosotros lo que descubre a través de las entrevistas que hace a personas que viven en Caimito, y que a través de las mismas nos revelan unas perspectivas particulares de la vida del barrio.  Y sus estudios sobre Caimito no se limitaron a compartir con nosotros sus dotes de historiador.  En el 1991 publicó La peineta colorada.  A base de sus investigaciones a través de documentos como los que estudiaba del Archivo General de Puerto Rico, nos brindó una narración a través de la cual recrea unos eventos  y personajes del Caimito del siglo XIX.  Con lo descubierto en sus estudios nos cuenta la historia de una niña de nombre Vitita y su relación con una vieja curandera de hombre Siña Rosa, quienes a su vez ayudan a una esclava fugitiva.

En 1987, publicó 1898, La guerra después de la guerra.  En ese libro Picó  contribuye a destruir el mito de que los puertorriqueños recibieron las tropas norteamericanas  desde el día de la invasión del 25 de julio de 1898 con flores, pompas y alegría.  A esa fecha había en Puerto Rico una realidad política, económica y social, dentro del marco de circunstancias, relaciones y conflictos que no desaparecieron con el fin de la guerra ni con el establecimiento de un gobierno militar.  En sus páginas Picó nos ilustra en torno a la resistencia que hubo en la Isla tras la invasión y a la forma en que puertorriqueños  reaccionaron de forma violenta a través de grupos que se organizaron con el propósito de demostrar su malestar ante el resultado  de la Guerra Hispanoamericana en la Isla, reacción que incluyó ataques, entre otros,  a fincas y negocios rurales de españoles y de criollos.  Su estudio parte de cómo era el orden socio-económico, político y social en el área rural  de la Isla a partir del 1890.

En torno a la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico Picó también publicó en 1998 Cada guaraguao… Galería de oficiales norteamericanos en Puerto Rico  (1898-1899).  La noción general de los puertorriqueños de lo ocurrido en la Isla durante la Guerra Hispoamericana es la de que hubo una guerra que no duró mucho tiempo, a raíz de la cual llegaron los americanos a Puerto Rico y de España pasamos a ser parte de los Estados Unidos de Norteamérica.  De las intrigas políticas,  económicas y sociales desde antes, durante y después de la guerra poco se enseña en nuestras escuelas, y de la gente que vivió ese drama menos todavía, y no mucho se ha escrito.  En el libro Picó comparte con nosotros un recuento de lo ocurrido después de la guerra en Puerto Rico tomando nota de siete oficiales de las fuerzas armadas norteamericanas y de la realidad que confrontaron en la Isla como parte su participación en la guerra y en el gobierno militar que se estableció en la Isla.

En el año 2000 publica Los irrespetuosos.  En el libro, al tomar nota del periódico La Gaceta de Puerto Rico y en particular de las ediciones entre 1840 y 1850  y de la veces en que se reportaban incidentes de personas que eran multadas por faltas de respeto, nos brinda un recuento histórico y hasta cierto punto sociológico de cómo se trataban determinadas conductas sociales en el Utuado  del siglo XIX y cómo las mismas eran objeto de penas por parte del estado.

En el 1995 publica Contra la corriente: seis microbiografías de los tiempos de España.  En ese libro nos ofrece unos recuentos de la vida de lo que Picó llama “personas que en su diario quehacer se tropezaron con los asuntos enjundiosos de su generación.” Nos presenta unas estampas de dos familias y seis personas particulares a través de las cuáles nos muestra una, o mejor dicho ocho micro películas,  desde la perspectiva de esos actores en torno a circunstancias particulares de la economía, la política, la sociedad y la cultura puertorriqueña en determinados momentos del siglo XIX.

En 1999 publica unos ensayos en De la mano dura a la cordura.  Los mismos son unas reflexiones en torno al manejo de la criminalidad en la sociedad, las penas que se imponen y  la corrupción.  Comparte sus perspectivas en torno a ese delicado problema, que es no solamente uno de carácter social, es también político, económico y cultural.

En el año 2014, nos transporta de las áreas rurales de Puerto Rico  a la capital y nos regala Santurce y las voces de su gente. Haciendo uso, entre otras fuentes,  de los censos federales, de los periódicos de la época y de los libros de novedades de la Policía de Puerto Rico, nos ubica dentro del Santurce de la década de 1930 y 1940.  Trae a la atención del lector personajes de aquella época, la realidad socio-económica y cultural de ese sector de San Juan, y su transformación a lo largo de esos años, permitiendo a las generaciones posteriores ver el Santurce que fue y que sirvió de base para el vivido durante el resto del siglo hasta el presente.

En el año 2015 se traslada al sur de la Isla con el libro Puerto Rico y la sequía del 1947.  Nos narra partiendo del pueblo de Salinas los estragos socio-económicos y humanos causados por los años de sequía sufridos en esa región de Puerto Rico durante la quinta década de ese siglo haciendo uso de las mismas técnicas investigativas reseñadas previamente.  Contextualiza además la sequía dentro del marco de otras que estaban ocurriendo en diferentes partes del mundo en aquella época.

Paso ahora al último libro de Picó que voy a reseñar y a una de sus más hermosas experiencias de vida.  El padre Fernando Picó era Capellán y maestro de instituciones penales.  Como parte de esa experiencia dedicó mucho esfuerzo  a un  proyecto educativo con los confinados de las cárceles de Puerto Rico.  Dicho proyecto dice mucho de  su amor por ellos y su deseo porque a través de la educación pasaran por un proceso de enriquecimiento humano, intelectual y liberador.  Lo llamó el Programa de Confinados Universitarios, y literalmente eso fue lo que hizo, llevar una experiencia universitaria a la cárcel.  Su perspectiva filosófica en torno a ese proyecto la expresó de forma extraordinaria cuando ofreció el 9 de abril de 1997 la Primera Lección Magistral de la Cátedra de Unesco para la Paz en la Universidad de Puerto Rico, que tituló “A la universidad desde la cárcel.  Historia de un atrevimiento”.  Pueden y deben buscarla y leerla. La encontrarán en el internet  bajo su título o en www.unescopaz.uprrp.edu/act/Lecciones/primera/primind.html .  En esa conferencia detalla su experiencia en torno a cómo nació y se desarrolló ese proyecto.   Ver además la columna de la socióloga Lina M. Torres Rivera publicada en la sección Tribuna Invitada del  28 de junio de 2017 de El Nuevo Día y de título Fernando Picó y su labor en las cárceles.

Sus perspectivas en torno al trato que se debe dar a la población penal ya la había expuesto  antes  en su libro del 1994 El día menos pensado.  Historia de los presidiarios en Puerto Rico (1793-1993).  En él hace un recuento histórico del sistema penal de Puerto Rico a lo largo de doscientos años y de la vida de los presidiarios.  A pesar de que la sección 19 del Artículo VI de nuestra constitución dispone que será política pública del gobierno de Puerto Rico la  reglamentación de  las instituciones penales para que sirvan a sus propósitos en forma efectiva y propender, al tratamiento adecuado de los delincuentes para hacer posible su rehabilitación moral y social (énfasis suplido), Picó nos demuestra cómo ni nuestros gobiernos ni nuestra sociedad han cumplido con ese mandato.  Citando un informe del Procurador General de Puerto Rico Enrique Campos del Toro al Gobernador de Puerto Rico   para el año fiscal 1945-46 revela una realidad que databa de casi 50 años atrás y que aún está vigente.  Nos dice: “…pude observar que nuestro sistema penal permanece aún vinculado a la infecunda y derrotada filosofía del castigo del delito en razón de una justicia punitiva que ignora las causas de la delincuencia y la personalidad del delincuente… Al preso no se le reconoce valor humano alguno. Cometido el delito, es sentenciado, y se le arroja en una prisión como su fuera una peste o un residuo social que no merece más consideración.  En esta forma el Estado consuma la obra de degradación y exterminio de ese ser humano de cuyo delito, acaso, la sociedad misma es responsable.  A la pág.  59 del Informe y 191 del libro.  Concluye Picó entonces ante la realidad de los confinados al 1993 que : “Las alternativas rehabilitadoras nunca han podido ponerse en práctica plenamente…La cárcel hoy día cumple muy mal… No es disuasivo, ni rehabilita, y el castigo que administra es cruel e inhumano.  Lejos de resolver los problemas sociales, los ha complicado….” .  Y añade: “Estamos en una etapa en que la población que por siglos vivió controlada por otros, no valora la transferencia de esos controles al estado, y en la reiteración de posiciones libertarias incide repetidamente en la delincuencia.  Solo educando para vivir en la libertad, sin supervisiones y controles, pero con responsabilidad y seguridad, puede lograrse rebasar esta etapa.  Pero ¿quién educa?  Y ¿quién educa sin a su vez tratar de imponer su normativa, su estilo de vida, sus valores?… Énfasis suplido. (Página 194 de su libro).

Él contestó esas preguntas siendo el ejemplo de quien educa, con respeto, con amor, sin imponer su normativa, su estilo de vida, sus valores.  Y hace unos días atrás se nos fue dejando a todos nosotros ese ejemplo, y el reto de hacer lo mismo, partiendo del deber de estudiar, de leer, de educarnos responsablemente, en libertad, para a su vez compartir esa educación con nuestro prójimo. Ese compartir lo necesitamos llevar a cabo todos los días para el enriquecimiento, la  superación, la liberación,  la felicidad y el alcance de una vida plena en familia, en la comunidad, tanto para los que están confinados en las cárceles, como para los que sufren del confinamiento de la marginación, la pobreza, el desempleo, la explotación…., fuera de las mismas, en la alegada libre comunidad.  Porque el trabajo por el enriquecimiento, la superación, la liberación, la felicidad y el alcance de la vida plena del prójimo, es el alcance de esas dichas para todos nosotros.

Honremos la  memoria del padre Fernando Picó y celebremos su vida y obras  siguiendo su ejemplo y leyendo, leyendo y releyendo sus escritos y de todo cuanto podamos aprender, y sobre todo compartiendo la riqueza de esa experiencia con los demás.

Aquí acceso a Conferencia Magistral que presentó el Dr. Fernando Picó ante Cátedra UNESCO por la Paz (Parte de Lección Magistral de la Cátedra UNESCO de Educación para la Paz ofrecida por Fernando Picó el 9 de abril de 1997)

Por : Roberto Maldonado Nieves

romn1960@yahoo.com

Fotos por Ada Alvarez

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