activismo-callejeroEn el lugar donde vivo la calle no es un aterrador peligro. Tenemos una calle estrecha en forma de L sin salida con dos muertos amarillos aceras fracturadas interrumpidas inútiles y un hondo badén en la entrada que empalma con la carretera intermunicipal y así en vez de aceleraciones irresponsables predominan las reversadas cautelosas. Este tipo de micro-barrio –diez casas en este caso- es común en nuestra isleña topografía donde las segregaciones de pequeñas fincas para poner en venta solares residenciales se multiplicaron mucho desde mediados del siglo 20 y reordenaron el espacio para desarrollar comunidades donde el territorio habitado admite en un mismo sitio la coexistencia de lo rural-urbano como habitual cotidianidad. De lo rural tenemos los trinos de los pájaros y las abundantes vegetaciones acentuados por la falta de alumbrados públicos y empresas comerciales. De lo urbano tenemos las cercanías de escuelas hospitales iglesias gasolineras las dificultades de estacionamientos y las incomunicaciones garantizadas por verjas portones rejas religiones. Aquí además sucede lo que en este texto me importa: los gritos callejeros del juego de lxs niñxs alborotan más que los ruidos callejeros del paso de los carros.

En este país de aislamientos edificados en isleñas geografías la mayoría de lxs niñxs urbanos juegan en sus casas o apartamentos o en espacios especializados a donde los adultos los llevan o les permiten llegar. El juego infantil callejero con demasiada frecuencia es la marca de comunidades peligrosas y descontroladas según la percepción de comunidades temerosas y protegidas. En los micro-barrios parecidos al mío el juego infantil callejero es una pequeña libertad aleccionadora.

Mi corta calle no tiene nombre pero lxs niñxs saben los nombres de sus vecinitxs porque en las tardes después de la escuela los sábados después del supermercado los domingos después de la iglesia la calle es su único parque disponible y ahí pueden jugar sin oír cantaletas de histéricas precauciones adultas aunque de ahí tienen que retirarse cuando oyen mandatos de inapelables obligaciones caseras: ¡fulanx ven acá!

Cuando los niñxs juegan en mi calle sus familiares saben dónde y con quiénes están. Se trata de la inestable y cambiante articulación del micro-barrio por los habitantes que más se conocen buscan encuentran hablan entienden toleran y cuando llega el momento se desbordan en generosidad o agresividad según sea la ocasión. Lxs niñxs entran y salen de casas ajenas porque son amigxs de los residentes infantiles de las casas donde lxs adultxs se visitan mucho menos o casi nunca o nunca jamás. Los constantes traspasos de las divisiones residenciales que lxs niñxs ejecutan distribuyen informaciones inter-vecinales que lxs adultxs no salen a procurarse ellxs mismxs. También facilitan interacciones breves o a veces prolongadas entre esas personas mayores cuyas demarcaciones de espacios interpersonales son más rígidas y formales.

Desde mi hamaca en fresco balcón de segundo piso los puedo oír y ver en sus juegos de repeticiones perennes –correr bicicleta- o innovaciones presentes –hacer teatro- o exhibiciones urgentes –mostrar juguete- o diversiones dementes: todas esas fantasías de locxs creativxs que la infancia permite y la adultez inhibe. Igual de importante o más puede ser el fluido noticiero de importantes eventos informaciones posibilidades de los bembeteos infantiles que –entre los extremos de la repetición y la reinvención- articulan cuentos crónicas historias de procedencias familiares escolares televisivas y –otra vez- fantasiosas.

Mientras lxs adultxs mantienen supervisiones esporádicas o interrupciones contundentes sin envolverse mucho en los contenidos de las comunicaciones inter-vecinales de lxs niñxs éstxs comparten las formaciones de sus personalidades las emociones de sus amistades las significaciones de sus actividades las salvaciones de sus solidaridades y por lo tanto las relaciones de sus comunidades: lxs niñxs aseguran que las esperanzas de mejores convivencias se mantengan vigentes y vitales.

Me refiero a convivencias complejas y exigentes porque también incluyen enojos hostilidades agresiones y el temido mandato de la incomprensión adulta –no te quiero ver más jugando con esa muchachería- justificado por la aisladora prudencia: no quiero tener problemas con lxs vecinxs. Hay niñxs envueltxs en solitarios entretenimientos cibernéticos con emociones mezcladas porque a la vez escuchan el prohibido pero tan apetitoso griterío callejero.

Toda la reflexión anterior tiene sentido porque las comunidades puertorriqueñas pierden cada vez más los espacios de convivencias infantiles relajadas y aliviadas de la aterrorizada extra-vigilancia de lxs adultxs. También tiene sentido porque el relajamiento aliviado es relativo y la violencia inesperada es atrevida.

El micro-barrio forma parte de la sociedad mayor que lo envuelve en sus contradictorias innovaciones. Ahora mientras escribo los gritos de lxs niñxs pierden prominencia porque uno de ellos insiste en acaparar la atención con su diversión individualizada: el ruido ensordecedor de su motora infantil que se mueve con gasolina y no alcanza mucha velocidad. El costoso juguete le permite actuar la soberbia consumista que prevalece en su familia pero aquí no nos desesperamos: estas interminables vueltas en motorita pronto le resultarán aburridas y si no se aburre pronto sabemos que esos juguetes caros se rompen en poco tiempo. Probablemente muy pronto el muchachito regresará a su pandilla de ciclistas gritones. Mientras tanto imagino este sitio décadas atrás cuando yo no había llegado al vecindario y se hacían trabajos de construcción en calle y acera: quizás un niño que ahora es adulto y teme perder su empleo jugaba con sus vecinitxs y su orgullo compartido era una maquinita Tonka prácticamente indestructible.

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