Ciudadanos-participando-en-un-_54430740327_54028874188_960_639La ciencia ciudadana está movida por una idea de reciprocidad. Es un círculo en el que no sólo se participa por curiosidad o ganas de aprender, sino también por el sentimiento de corresponsabilidad social. Esto, sumado a las nuevas tecnologías, se traduce en una participación de los ciudadanos que crece a un ritmo exponencial desde  los últimos años.

Son siete actualmente los proyectos que la Oficina de Ciencia Ciudadana de Barcelona -una dependencia gubernamental- gestiona con el objetivo de sacar la investigación a las calles, para la democratización de la ciencia y empoderamiento ciudadano, afirma Inés Garriga, directora de Creatividad e Innovación del Institut de Cultura de Barcelona (ICUB). De esta manera la investigación científica sale de los laboratorios para encontrarse cara a cara con los ciudadanos, quienes se han convertido en miembros activos de equipos científicos.

“La gente participa por altruismo; nos están regalando su tiempo y su ayuda y hay que dejarles claro lo imprescindible que resulta su aportación y asegurarles que el resultado de la investigación va a mejorar algo en la sociedad”, explica Josep Perelló, profesor de física de la UB y responsable de la Oficina de Ciencia Ciudadana de Barcelona.

Como actividad enmarcada en el Festival Novum de Ciencia, Tecnología e Innovación, el Palau de la Virreina acoge una muestra de estos proyectos, para que “el ciudadano compruebe lo que se puede llegar a conseguir con su colaboración”. A continuación se presentan tres de estos proyectos en los cuales la participación ciudadana es vital en la obtención de datos.

El primero de ellos es Riu.net, proyecto mediante el cual cualquier aficionado a la naturaleza puede convertirse por unas horas en científico y participar de una investigación que ayudará a cuidar el paisaje que acoge sus paseos matutinos.

Diseñado por el grupo de investigación Freshwater Ecology and Management (FEM), de la Universitat de Barcelona, el proyecto busca la colaboración de la ciudadanía a través de una aplicación para teléfonos. Para su ejecución se preparó un cuestionario sobre el tipo de árboles y piedras que rodean al río o la clase de invertebrados que hay en sus aguas, y con ayuda de una guía para facilitar la identificación, el usuario aporta datos muy valiosos para realizar un mapa de calidad de los ríos y servir como base de datos para uso de otros investigadores. “Es un buen inicio. Ellos son nuestros ojos y gracias a esta pequeña aportación la gente siente que está ayudando a proteger el medio ambiente”, explica Pau Fortuny, uno de los miembros del equipo de Riu.net.

Un ejemplo más de la cooperación entre científicos y ciudadanos es el proyecto desarrollado por el Punt d’Informació Aerobiològica (PIA), de la Xarxa d’Aerobiologia de Catalunya (XAC-UAB), que pretende geolocalizar diversas plantas y árboles para estudiar su estado y saber  cuándo florecen.

Han creado un mapa interactivo que permite saber cuáles son las zonas con una mayor concentración de polen para que los alérgicos puedan evitarlas. Pero existen muchísimos tipos de plantas, dispersas por las calles de la ciudad, por ello es indispensable la participación de los ciudadanos.

“Es un tema sensible a los habitantes de una zona y, para nosotros, su participación es necesaria para generar una base de datos útil”, explica Concepción de Linares, una de las participantes del proyecto que ya está en marcha en citizensqkm.net.

“Ganamos todos”, afirma ella, y con esta frase, resume el espíritu de la ciencia ciudadana.

1429266368019Otra muestra de aporte ciudadano a la ciencia es el proyecto ‘Atrapa el Tigre’, mediante el cual se pretende estudiar los movimientos de esta especie de mosquito. El grupo MoveLab, del Centre d’Estudis Avançats de Blanes-CSIC, ha desarrollado una app con la que los usuarios pueden indicar dónde han encontrado un ejemplar y así registrar su actividad. A cambio, el ciudadano recibe consejos para evitar las picaduras o crear las condiciones óptimas para alejar a ésta especie de su entorno. Este proyecto empezó a pequeña escala en Catalunya, consiguió financiación y ahora ha podido extenderse a todo el Estado. “Cuando se descubrió el mosquito tigre en 2004 saltó la alarma porque se trata de un insecto vector de enfermedades como el dengue”, explica Aitana Oltra, una de las coordinadoras del proyecto. El carácter urgente de la situación ayudó a incentivar la participación ciudadana para beneficio general.

De este modo, podemos ver que la ciencia ciudadana está movida por una idea de reciprocidad. Es un círculo en el que no sólo se participa por curiosidad o ganas de aprender, sino también por un sentimiento de corresponsabilidad social. Esto, sumado a las nuevas tecnologías, se traduce en  los últimos años en una participación de los ciudadanos que crece a un ritmo exponencial.

* Artículo basado en un reportaje de La Vanguardia.

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