20150402_110650por Eunice Cardona Colón

Una familia de cinco duerme en un solo espacio con un techo de zinc, las paredes hechas de madera y el piso de tierra. Los más chiquitos tienen sus pies desnudos y están enfermos, pues habitan cientos de larvas en la única agua potable que tienen. De alimentos, solo hay una media caja de macarrones y para dormir, un pedazo de “foam” y una cobija para cubrirse del frío en la noche.

Esta familia pertenece a una comunidad compuesta de haitianos y dominicanos, llamada Conucos, ubicada en la provincia San Pedro de Macorís de la República Dominicana. Y como esta existen muchas más en toda la nación dominicana. Ante esta situación, una doctora e internista puertorriqueña, Gladys Córdova, organiza cada año un grupo de adolescentes, jóvenes y adultos, para visitar la comunidad durante el periodo de Semana Santa y brindarles alimentos, ropa, calzado, exámenes médicos y medicinas.

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La doctora Gladys Córdova ofrece las clínicas desde hace treinta años.

Se estima que 59.7% de la población carece de agua potable en la región de Hato Mayor, donde mayormente la doctora ofrece sus clínicas de salud. Un 37.1% de las casas no tienen los equipos básicos del hogar.

“Mi motivación es sembrar amor, compasión, misericordia y que aprendamos a servir a otros y enseñarle a otros que es importante ayudar a los demás”, expresó Córdova, quien lleva treinta años ofreciendo clínicas de salud en Hato Mayor.

Son las seis de la mañana y se aproxima una larga jornada laboral. El grupo no sale de su campamento. Antes de partir hacia las comunidades, cada uno de los miembros del equipo reflexiona sobre la razón por la que está en ese lugar y por qué es importante el trabajo que hacen.

“El viaje es con el motivo de servir constantemente y el tú hacer eso y ver que las personas te lo agradecen porque realmente lo necesitan, te llena de satisfacción”, recordó Michelle Colón, una joven de 24 años quien acompañó a la doctora en cuatro ocasiones. Al salir del campamento, el grupo se divide en dos, unos viajan en un camión con las donaciones de ropa y los materiales para entretener a los niños. El otro grupo, generalmente compuesto de jóvenes y adultos, llevan los medicamentos y los materiales para hacer el registro en las clínicas de salud.

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Un día de acción en Hato Mayor

Ya son cerca de las diez de la mañana. Llegaron. El calor del día se siente. Tierra árida y piedras componen el suelo del lugar. Algunos niños no tienen ropa, otros tienen pero están sin zapatos. Su vestimenta está sucia, descolorida y raída. Muchos de los pequeños tienen el vientre distendido, pero no de comida sino de parásitos. Ya hay más de 50 personas esperando ser atendidas. Algunos de los adolescentes que acompañan a Córdova comienzan a cantar canciones, mientras otros preparan las marionetas. La función va a comenzar. Risas y aplausos de los chicos van en aumento. Una vez comienza la historia, prestan atención y cuando finaliza reflexionan sobre el mensaje presentado en la obra.

Por otro lado, el grupo de adultos se dividió en tres secciones. Una parte trabajó en el registro, la cual, Colón describe como “un poco retante, pues algunas personas no conocen su nombre o no saben cómo se escribe”. Otros se ocuparon de las donaciones de ropa, que para Angelie Nieves, una joven de 21 años, fue “una experiencia gratificante”. Simultáneamente, otra división del grupo, compuesto de adultos y profesionales de la salud, se encargó de organizar las medicinas ya debidamente identificadas por la doctora Córdova para las personas que examinó y recetó. Y así estuvieron durante cinco largas horas. Antes de irse del lugar, entregaron alimentos para una semana a familias que no tenían los recursos para comprar comida.

“Uno se queda con la sensación de que hiciste mucho pero a la misma vez nada por la mucha necesidad que hay”, comentó Tatiana Sosa, mamá de una de los adolescentes.

IMG_20150402_131601De acuerdo con Córdova, uno de los propósitos principales de esta labor comunitaria es que los adolescentes experimenten el proceso de ayudar al necesitado. La experiencia suele marcar las diferencias extraordinarias entre la relativa abundancia que los adolescentes viven en Puerto Rico y las urgentes necesidades que se viven en esta comunidad dominicana.

La intención de la galena no ha sido en vano pues Roger Colón, de 27 años, quien la acompaña desde que era un adolescente, ha motivado a otros para que vivan esta experiencia. “Quería que tuvieran la misma experiencia que yo tuve, que vean la vida de otra perspectiva y que sean agradecidos con lo que tienen. Porque estos viajes comunitarios cambian la vida de uno”, opinó.

Otros jóvenes coinciden con Roger pues también desarrollaron un gran sentido de compasión y un compromiso por ayudar a los más necesitados, además de sentirse agradecidos y valorar lo que tienen.

“Es tener un sentimiento de empatía al ayudar al otro y llevarles un mensaje de esperanza”, expresó con una sonrisa, Andrea Fuentes, de 24 años, quien ha sido parte de estos viajes a la nación dominicana, al menos en una ocasión. Una experiencia que en definitiva le ayudó a comprender cuál es su llamado: servir a los demás.

La autora es estudiante de Periodismo de la Escuela de Comunicación, Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Forma parte del curso de Redacción que colabora con el Seminario sobre Periodismo Comunitario que coordina el profesor Luis Fernando Coss.

  • Claribel

    Inolvidable experiencia

  • Andrea Fuentes

    Excelente reportaje…
    Pensamos muchas veces que las situaciones que nos rodean son imposibles de resolver y vivimos ajenados de lo que verdaderamente pasa en países hermanos. Nuestras situaciones se hacen un migaja de pan al comparar con la de nuestros hermanos. ¡ Debemos aprender a ser agradecidos!

  • Jeannie

    Excelente. Interesante el saber más de esta iniciativa para ser parte

  • tatiana

    Exelente reportaje.

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